En un instante en el que el aquí y el ahora destinados a
conformar no solo nuestra actualidad, sino que amenazan con convertirse en algo
más duradero, en tanto que se creen competentes para dar formar a lo que dentro
de unos años será identificado como nuestro presente; es cuando hemos de hacer
frente a condicionantes exhaustivos cuya legitimidad en algunos de los casos no
permite esperar ni un minuto más.
Una vez asumida la esencia de ese presente, una vez condicionada
nuestra desazón para con el mismo en tanto que lo único que parece unificar
nuestro ánimo es la absoluta desafección para con la que hacia el mismo nos
conducimos, que hemos de asumir con prestancia las opciones que la realidad nos
ofrece. Opciones que por otro lado son pocas, en tanto que claras y concisas.
Así, una vez conciliados con la realidad, la cual se vuelve
absolutamente insoportable en tanto que la imagen que de nosotros mismos nos
retorna es del todo insoportable, pues más que no sentirnos reconocidos en lo
que vemos, lo que nos azora es la imposibilidad para reconocer en el resultado
final ni una sola de las consideraciones que en su momento impulsaron, cuando
no justificaron tanto y tanto esfuerzo; es por lo que el Hombre Moderno, no tanto
en su excelso conocimiento, cabría decir más que en su excelsa capacidad, ha
decidido finalmente inventarse otro mundo, en lo que no es sino la renuncia
expresa, la manifestación absoluta de la vergüenza en forma de aceptación de su
imposibilidad para modificar lo que en este, todavía su mundo, no funciona.
Estamos ante la enésima recreación de la certeza de que a
veces, es más eficaz extirpar que suturar.
Sin poder afirmar con plena certeza la procedencia no tanto
material como sí más bien conceptual del sueño que acabó por materializarse en
el logro del Cine como tal, de lo que sí estoy seguro es de que una gran parte
del sin una enorme conjunto de variables que en torno del mismo se coordinaron,
pasan de manera inexorable por una suerte de renuncia leal al mundo real.
Renuncia leal, sí, sin duda, porque si bien el cine no supone sino una más de
las formas que Wagner enunció cuando dijo que la realidad se compone de entes que previamente fueron imaginados; no
es menos cierto que de soñar no puede derivarse traición alguna en tanto que a
menudo los materiales que componen nuestra realidad de hoy, no fueron sino
retales de sueños concebidos por alguien que una vez fue un loco, aunque hoy
rememoremos el valor de sus cenizas llamándole genio, o tal vez todavía
iluminado.
Es así pues que me niego a pensar que obedece a una mera
casualidad la conformada en torno al instante el que tiene lugar la aparición
del cinematógrafo. Londres, finales
del XIX. ¿Acaso cabe otro lugar, aún más, otro momento? El final del XIX es sin
duda un momento mágico en sí mismo. Diluida la grandeza del XIX, sublimadas si
no todas, sí la mayoría de las que fueron sus grandes aportaciones, no es que
estemos ante la agonía de un periodo, es que por primera vez nos encontramos
ante una consideración del todo original: la que pasa por ser plenamente
conscientes de que el momento histórico
hacia el que tendemos, ha nacido muerto.
Convergen así pues en el alumbramiento
del Siglo XX la práctica totalidad
de las consideraciones que de haber tenido alguna opción, hubiesen
necesariamente desembocado en la renuncia plena y consciente del Hombre de su
época a lo que podríamos denominar la
inercia de seguir hacia delante.
Por primera vez en la Historia, el Hombre disponía por
entonces no solo de los medios materiales, sino fundamentalmente de lo logros
conceptuales, necesarios para poder anticipar de una manera seria y rigurosa,
científica en una palabra, el cúmulo de desafecciones humanas que en forma de
desconsideraciones históricas permitían sin el menor género de dudas describir
con precisión quirúrgica no solo los conceptos sino incluso las formas mediante
las que el mundo conocido, empezando por el resquebrajamiento de su sociedad,
quebraría de manera inexorable; pudiendo incluso fijar de manera muy certera
incluso el plazo que para ello resultaría necesario.
Asumimos pues que el Siglo XX empezó cuando todavía no había
sido finiquitado el Siglo XIX, o por ser más precisos, cuando el humo
consolidado a partir del efecto que los respectivos movimientos culturales que
habían ayudado a darlo forma, a comprenderlo en una palabra; se habían
extinguido totalmente.
Así, no se trata de que el Naturalismo fuera en sí mismo o
no una superación de los límites del propio Realismo. No se trata en realidad
de que en realidad todos ellos converjan a la vez a la eterna renuncia que la
dialéctica que preside el devenir del Hombre se mueva en parámetros definibles
en la permanente insatisfacción que le lleva a deambular por su presente, a
base de generar corrientes irreconciliables entre sí. Más bien al contrario, de
lo que se trata es de comprender que solo en un universo como el generado a
partir de la confluencia de la forma y los fondos de los descritos, puede en
realidad tener cabida una creación como es la del Cine , fuerza en si
misma destinada a crear si no mundos y realidades, sí escenarios con frecuencia
capaces de indicarnos el camino que han de seguir nuestros esfuerzos cuando
éstos tienden a promover cambios en el mundo real.
Aclarada así pues no solo la connivencia del Cine para con
el Hombre, sino que desarrollados los previos que pronto nos permitirán
identificar entre ellos una suerte de relación casi necesaria, que pronto podremos poner en marcha la maquinaria
destinada a identificar las relaciones que se establecerán entre esa nueva
realidad, y muchas de las otras realidades que a lo largo de la Historia se han
consolidado en pos de hacer más sencilla, o quizá más llevadera la propia vida
del Hombre.
Entonces, así visto… ¿Alguien podría verdaderamente asumir
que Cine y Música iban a poder mantenerse alejados el uno del otro durante
mucho tiempo?
Una vez conducidos hasta los términos de la certeza las
variables que compendian el umbral desde el que hay que considerar la
inapelable relación que existe entre la Música y el Cine, de los cuales hemos
de ser conscientes no solo una vez superadas las carencias técnicas que a
priori parecían condenar esta fructífera relación, estamos diciendo una vez
superada la etapa del Cine Mudo, lo
cierto es que ya entonces la necesidad del pronto establecimiento de tal
relación se hacía evidente en tanto que la carencia de sonido que tan evidente
se hacía en aquellos metrajes, no hacía sino poner de relevancia lo fructífera
que sería la relación entre ambos componentes.
Hoy por hoy, esta relación no solo es evidente, sino que ha
alcanzado cotas de inevitable. Así, hoy por hoy nadie concibe una película sin
música. La relación es tan obvia, y a la vez tan gratificante, que lo que
antaño era sonorizar una película, se ha convertido hoy en día en uno de los
aspectos que sin duda más se cuida a la hora de lograr un buen producto final. De hecho, y más allá de
aseveraciones comerciales que sin duda las hay, el concepto de Banda Sonora
Original ha alcanzado tal desarrollo que incluso ha logrado granjearse un
espacio independiente, autónomo de la propia película si se prefiere,
llegándose a producir lo que denominaríamos suerte de paradoja que se da en el
momento en el que una determinada película ha pasado desapercibida para el gran
público, si bien su banda sonora logra
congregar a su alrededor un número de seguidores que supera con mucho a los que
alguna vez alumbraron alguna suerte de interés hacia la película de la que
supuestamente dependía.
De esta manera, la lógica evolución de las cosas ha llevado
a que cada vez la elección de la música que ha de formar parte de una película
se lleve a cabo de forma más cuidada. Unas veces el contexto previo a la
ejecución de la propia película, y en otros casos la previsión del efecto
sentimental que el director quería llegar a provocar en los espectadores,
conduce inexorablemente a que lo que comenzó siendo algo residual, y llevado a
cabo en el último momento, acabe por consolidarse como uno de los aspectos más
a tener en cuenta a la hora de garantizar el éxito del producto final.
Pero el vínculo entre Música y emociones es tan evidente,
que rápidamente los propios directores se dieron cuenta de que la selección de
los pasajes destinados a componer la Banda Sonora de una película no podían seguir
siendo aleatorios, ni mucho menos responder a emociones pasadas cuando no
remotas, como sucedía cuando la mencionada selección se nutría de discotecas de
autores clásicos, hecho que por múltiples causas, sobre todo económicas,
ocurría con relativa frecuencia.
De esta manera, el paso era inevitable. Rápidamente,
directores visionarios entendieron que al igual que la elección de la luz, del
encuadre, y de otras múltiples variables eran imprescindibles para lograr si no
el éxito sí al menos la satisfacción de que de verdad mostraban lo que él había
perseguido. Y además se daba la consideración de que si bien ellos no podían
influir en la luz del sol, o en las sombras, ¡sí podían hacerlo en la música!
Bastaba para ello transmitirle a un profesional qué era exactamente lo que
perseguían, cuál era exactamente la emoción que querían despertar en los
espectadores a los que iba dirigido su trabajo.
Queda así pues del todo especificado el auge de los
compositores de Bandas Sonoras. Un auge que si bien no es para contingente,
obedece como en muchos de los parámetros observados hasta el momento a una
contingencia, la que inexorablemente está ligada al declive generalizado en el
que se encuentra sumida nuestra sociedad. Un declive que más allá de consideraciones
relativas, y a la sazón, baldías, puede refrendar su certeza en el hecho
cualitativo que en este caso emerge cuando constatamos que el nicho que en
épocas anteriores estaba destinado a ser ocupado por los grandes compositores,
no alberga hoy esperanza alguna de ser pródigo en consideraciones ni logros.
Es más, hoy por hoy, el logro que otrora estaría considerado
a ellos en forma de sinfonías, o de cualquier otra estructura llamada a ser
identificada en el futuro como de gran obra, aparece hoy destinado a ser
concebido a lo sumo, como el resultado conjunto o analítico de alguna gran
Banda Sonora.
En resumen, los que hoy estarían destinados a ser
considerados como entes del Universo de la Música Clásica ,
redundan sus esfuerzos de una u otra manera en la composición de Bandas Sonoras
Originales.
Se cierra así el círculo. Lo que en su momento aportó la
Música al Cine, justificando en parte su éxito; es hoy devuelto en forma de
protección a la espera de tiempos mejores.
Disfrutemos pues de tan maravilloso compendio.
Luis Jonás VEGAS VELASCO.
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